Escribología

Capítulo 3: Ocho meses de gestación

Nací un martes trece de octubre de 1,992.

Joseline Esteffanía Velásquez Morales…

Me gusta fantasear pensando que nacer en este mes me hizo revolucionaria por defecto.

Mi mamá se dilataba y sudaba puro coche mientras esperaba el matadero. Imaginemos esas salas grises de espera del seguro social, frías y compasivas.

No quiero decir que es un animal, pero, sin duda parece que no existe compasión alguna al ver a las mujeres parir. Algunas mujeres tienen suerte, digo mujeres porque parir se ha vuelto tarea de este sexo, la figura del hombre queda limitada o fuera, para mi caso esa figura se encontraba a la espera.

Siguiendo con la suerte me refiero más bien a las mujeres que por su posición económica llevan ventaja sobre las otras, aquellas y aquellos que tienen la posibilidad de pagar anestesia, camillas y sábanas en buen estado y personal médico agraciado.

De pensar que el acceso a la salud pública puede ser sinónimo de violencia obstétrica me da un piquetazo en el ombligo, porque aún con cesárea me atravezaron tijeras quirúrgicas.

Rompí fuente precipitadamente como si no existiera una tarde o un noviembre.
Tan sólo eran las siete de la mañana con ocho minutos y ya estaba forzando mi existencia y pulmones.

No fue un parto normal, me refiero a que no hubo gritos, vaginas rasuradas a la fuerza, orificios en expansión y bisturí que llegaba al ano. Tampoco hubo enfermeras histéricas diciendo “aguante señora”, “para qué abré las piernas” de esas cosas que se escuchan de los hospitales públicos.

Nací, fue cesárea.

Como a una papaya, partieron a mi mamá por la panza,  cesárea que me salvaría la vida y la vida de las otras y otros. Una simple cesárea diría la tecnología.

Una simple cesárea a la cual se debería tener acceso sin restricciones porque es un derecho sexual y reproductivo, el acceso al avance científico.

Menos mal en el hospital tenían los recursos para practicarla, si, doctores, enfermeras, camillas, bisturí, y atención por si se complicaba. Puedo decir que fue un milagro, y es que a las mujeres las han regresado a sus casas o no atendido por no tener disponibilidad médica y humana.

Sin duda se que le dolí a mí mamá.

De cualquier forma mi existencia estaba encomendada por las diosas y dioses, abuelas y abuelos, tenía que nacer para incomodar.

Aunque pensándolo bien, sin alma dirían, si mi mamá hubiera tenido acceso a información, métodos anticonceptivos y su contexto hubiera sido menos patriarcal, ella, como muchas mujeres, tendrían la fuerza para decir no, no quiero otro hijo, usa condón para prevenir.

Pero que va, la realidad de mi mamá fue otra, la cual desconozco a totalidad, hablar de esto aún es incómodo. Y diré: amo a mi mamá y ella me ama con mi rebeldía, pero sin duda me duele asimilar que nací probablemente sin ser deseada, planificada y concebida en los cuarenta días de su primer embarazo.

En tal caso fui bendición para mi mamá, papá y hermana.

Y esta bendición debía pagar los pecados que otra mujer cometió por desobediente. (Excusa).

Algunas veces he escuchado que no es castigo sino regalo del todopoderoso, parir a los hijos con dolor.

(Nótese que escribí únicamente hijos; porque es lo que se desea, las mujeres sufren mucho, mejor no tenerlas, o mejor si para que tengan quien sirva la mesa).

Claro, antes de esto se escucha a todo pulmón que las mujeres deben ser madres, esposas, respetuosas y sumisas.

No, pero, No, esto no es un destino o instinto.

Más allá del regalo divino que se les dio a las mujeres y el cual parece que hay que agradecer y usar para no ser meramente inservibles, quiero, con todas mis costillas que entendamos, parir ahora es nuestro derecho y puede y debe darse en las condiciones más seguras, humanas y médicamente apropiadas.

Y, si, somos las mujeres, las que debemos decidir sobre nuestros vientres.

Claro, los hombres pueden decidir y se les debe garantizar que puedan reproducirse, pero no sobre la voluntad de otra persona.

Creo que puedo decir que mi mamá decidió vivir el embarazo, pudo interrumpirlo, y no es que eso quiera para todas las mujeres, pero, tampoco la idealizo porque no me abortó. 

La lógica premia la vida, esta se acompaña aún más de la moral, y esto para nada significa que las mujeres deben continuar o no con la gestación, si me aproxima a que ninguna persona debe continuar con una vida si no es su decisión o aún darle más valor al producto que a ella misma.

Al final un embarazo, parto, cesárea, hija o hijo son la muestra microscópica de la carga socialmente dada a las mujeres, que para mi vida se resumió en ocho meses de gestación, los cuales me permitieron reflexionar sobre los derechos, privilegios, realidades de las cuales venimos y vivimos.

Años después sigo rompiendo el cordón.

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