Escribología

Cigarro y vodka

Primer cuadro

María está sentada sobre un montón de libros y hojas arrancadas. No lleva zapatos y ha extraviado la mirada cálida. Sobre las manos tiene una pequeña esfera brillante, a la que se aferra por “algo” sentimental.

Segundo cuadro

En una calle solitaria, con un ligero aroma a madera, un hombre, cuyo nombre no conocemos, que viste un traje de sastre oscuro, da vueltas en medio de la nada, como buscando algo. De repente se para frente a un árbol viejo y deja una nota enrollada entre las ramas.

Tercer cuadro

Sandro, un pequeño de casi 6 años, deja caer sobre su camisa un vaso con leche al notar que había sido observado por un perro que se escondía debajo de un vieja camioneta Mitsubishi.

Muy atrás en el tiempo…

Las risas, los tragos de vodka y ron, y los juegos de azar forman parte de la rutina de María, quien usualmente era vista con largos y elegantes vestidos de colores fuertes. Su duro carácter reprimía los comentarios de los hombres más poderosos y atraía la envidia de las mujeres más bellas.

Cada día después de las seis, María encendía un cigarrillo pero no lo fumaba; por el contrario, lo dejaba en el cenicero, que estaba sobre la mesa de noche del hotel, hasta que se acabara y su aroma invadiera la habitación.

Cuando este se consumía, María agarraba su sombrero con plumas blancas y negras, y salía del lugar. Tomaba el mismo taxi que había tomado durante tres años y le decía al conductor “Ya sabes a dónde voy”.

Así siguieron pasando los próximos ocho años, hasta que el piloto escuchó que de la boca de María salía: “Déjame cuatro cuadras abajo de donde siempre y vete. No vuelvas por mí y si te preguntan, nunca nos vimos”, y así lo hizo.

Él había guardado tantas dudas durante los últimos diez años, pero su fidelidad y respeto le habían impedido hacerlas y revelarlas.

Este hombre, muy en silencio había notado que en los últimos meses María ya no usaba los largos vestidos y el olor que compartía ya no era de cigarrillo, sino de medicina. Se había preguntado si tal vez hablarle o debatirle la última petición podría servir de algo para calmar su ansiedad y si ir a buscarla era una opción. Esta última la rechazó rotundamente.

Ese día había sido un 10 de julio…

Después de casi cuatro años, el conductor seguía buscando señales de María. Escuchaba la radio a las tres y veía las noticias a las ocho de la tarde; además, compraba los matutinos de todos los medios posibles en busca de una señal. Sin embargo no se había atrevido a volver por dónde la había dejado.

Dos años después, se armó de valor. Le colocó la cadena a su pastor alemán, se puso sus mejores galas y subió a su camioneta con un cigarrillo entre los labios. Condujo hasta dónde la última vez, estacionó el viejo carro y se bajó, pero no sin antes soltar la correa de su compañero.

Se metió la mano sobre la bolsa del saco y dio vueltas por el lugar. Un recuerdo vago invadió su mente y pensó que tal vez María podría seguir allí.

De la bolsa sacó una nota que colocó entre las ramas de un viejo pero fuerte roble. No vio a ningún lado, llamó a su perro, que había permanecido escondido bajo su carro y se fue.

El taxista había escuchado soplar al viento centenares de veces, pero en esta ocasión estaba seguro que el viento le pedía que se fuera y no volviera a hablar de lo ocurrido…

En su regreso, el hombre recordó haber escuchado el grito de un pequeño y ver hojas a medio escribir en un callejón al que se negó a entrar. Volteó a ver a su perro y lo cuestionó como si este le fuera a responder.

Después de meditarlo, se venció y se prometió dejar a su amada María en el pasado, aunque su recuerdo fuera cada vez más latente.

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