Escribología

Malditos minutos

Le tenía miedo a olvidarte, a que tu recuerdo también me dejara sola, a que mi mente borrara tus besos de mi espalda, de mi alma.

Me era urgente que mi corazón guardara el silencio necesario, que fuera duro y testarudo; que mi respiración parara un segundo y que mis manos fueran resistentes al tacto.

Para mí tú siempre ibas primero, y aunque te quería pasada de las doce, la petición ya no era humana y mucho menos sensata.

Quería valentía y para ello le rogaba al suelo que me enredara las manos, los pies y la vida para no buscarte.

Después de unos meses dejé de presionarme y sin darme cuenta sentí que había ganado la batalla.

Ya no te pensaba de la misma manera, pero tu nombre todavía se atrevía a correr por mis venas. Yo sabía que el mío también lo hacía por las tuyas.

Las manos no me alcanzaban para contar qué número de vez me habías roto el corazón y aunque entendí tarde, sabía que me lo había roto yo sola muchas veces más.

Esos malditos minutos no eran luz, sino tinieblas.

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