Escribología

Enero

Aquella tarde, del último sábado de enero, tus labios guardaban un sabor a café y a cigarrillo el cual aún no puedo olvidar. Vine a mi mente cómo luchábamos por encontrar el lugar correcto para colocar nuestras manos.

Temblábamos.

Nuestras bocas, por fin se presentaban; con timidez, pero poco les bastó para crear su propio idioma.

Los volcanes nos miraban, el vecino saludaba, mientras, tu cuerpo y el mío confirmaban que sí encajaban.

Aún no puedo olvidar la banca donde nos sentamos y sin decir una palabra nos abrazamos. Fue en esa hora, minuto y segundo exacto en el que fuimos libres. Éramos solo tú y yo, brillando.

De fondo se escuchaba la voz de Diego Cantero danzando con la de Bebe. Parecía como que ellos le hubiese escrito una canción al temblar que causaba reconocernos la piel. El lamento en sus voces sabían muy bien que en unas horas nos despedirían.

Recosté mi cabeza en tu pecho. Escuché como se sincronizaba tu ritmo con el mío. Solté unas lágrimas, porque fui muy feliz, pero al mismo tiempo supe que no volveríamos a estar así.

En mi lengua aún saboreo aquel beso que solo en sueños había probado. Mi espalda todavía posterga la memoria de cuando nombraste cada uno de mis lunares. Se rehusa a difuminar tus manos y las mías entendiendo que juntas, despertaban todos los anhelos en suspiros.

Mi mente te revive, estando de rodillas, a un costado de la cama, explicando porque se aceleraba tu pulso cada que estábamos juntos. Liberando lo que por meses llevabas dentro. Confesaste que lo supiste desde aquella mañana en la que con nuestra conversación paramos el reloj.

Enumeraste las cosas que te gustaban de mí, tomaste mi mano y con la mirada más sincera declaraste que nunca te habías sentido así. Me abrazaste, te abracé y deseé mudarme para siempre a ese espacio que sobraba entre los dos. Pero nuestras sonrisas se rebalsaban de nuestros rostros y salimos a presumirlas por aquellas calles empedradas.

Me invitaste a un atol de elote y frente a Dios te enseñé el daño que dejaba el tsunami de mi dolor. Le puse voz al amor que hacía repetír tu nombre. Te mostré mis heridas porque no era perfecta y la confusión me había arrastrado. Despacio te susurré que te amaba y entre llantos te invite a quedarte.

El silencio se instaló….

El tintineo de nuestros corazones interrumpió.

Nos vimos destrozados por un amor que se ahogó en tanto dolor, pero que sin avisar se impregnó en cada célula de lo que somos. Aquí sigue, pues a dos años de nuestro adiós aún sigo sintiéndote por todo el cuerpo.

No te imaginas cuántas veces he deseado que nunca hubieras dicho que me esperarías así no tendría la puta idea de que volverías. Qué suerte la tuya que supiste olvidar.

-Amarela-

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