Escribología

El único secreto

Extrañar era su mayor secreto. No pasaba un día sin que le abriera la ventana a ese recuerdo y lo dejaba volar por donde quisiera. A veces se posicionaba en los ojos, en las piernas, en los labios, o en las uñas. Otras en el estómago, pero su lugar favorito era la garganta; en donde revivía esa sensación de tragarse lo que nunca dijo.

 Al terminar su recorrido siempre lo tomaba para esconderlo; no quería que nadie supiera; es de ella y solo de ella.

Hace unas tardes atrás me invitó a tomar el té. La actividad que disfruta cuando los rayos del sol bajan e invaden toda su sala del color salmón que tanto ama. Me sirvió en una taza de color azul mar; ella bebía en una de cerámica amarilla. Después del primer sorbo de aquella infusión de frutos rojos, me reveló el porqué de la invitación. 

Dijo que pronto se iría a tomar los colores del cielo que la llenaban de paz y felicidad, pero antes de hacerlo quería confesarme el único secreto que conservaba.

De pronto, todo se pausó. No supe qué hacer, solo callé. Me señalaría un lugar para que cuando ya no estuviera, allí buscara su secreto. 

Se acercó a mi oído y con mucha cautela me dijo, “lo guardo en el único sitio donde sé que él lo buscaría: en mis calcetas porque ese fue el último regalo que me dio”.

Su mirada pronto se perdió en el vacío de la habitación, pero se encontró en los recuerdos. Sostuve su mano con fuerza, besé su frente y prometí que guardaría ese secreto que tanto cuidó, por si un día su amado volvía.

-Amarela-

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