Escribología

Carta de cuarentena #4

He evadido muchos pensamientos hoy. A otros les he dado permiso de crecer tan alto que tocaron el cielo. Pero quiero contarte de los que sigo sin poder sostenerles la mirada; veo a la izquierda, a la derecha, me volteo o simplemente cierro los ojos para no verlos, para no saberlos.

¿Por qué? ¿Por qué no los enfrento?, la verdad me duelen. Desgarran cada capa de tejido de mi cuerpo, rompen mis neuronas y se mudan a mi mente. No se van. Se roban la poca esperanza que tengo de vernos mejorar. 

Veo sus rostros en todas partes, sé sus nombres, sus edades y las siento en mi ser. Me siento ellas y si sigo leyendo empiezo a sangrar, a gritar, a rogar por mi vida, como seguro ellas lo hicieron. Pero me detengo. No puedo, te prometo que no puedo, me duele, me arde, me quema.

Se me traba la rabia en la garganta y lo único que hago es voltear, porque estoy harta de que nos maten, de no saber si regresaré, si mi hermana lo hará, si mis sobrinas estarán seguras al salir a la calle, porque aquí nadie te puede asegurar que podremos caminar en paz.

Así que cambio mi mirada por mis palabras y las nombro Laura Hernández y Litzy Cordón, porque las arrebataron sin piedad, pero aquí perdurará su mirada, su sonrisa, sus sueños y su justicia. Como me hubiera gustado saber de ustedes por otra cosa y no por tu muerte, pero hoy quiero imaginarlas cumpliendo eso que hacía que cada día se levantara. Quiero pensarlas como científicas, doctoras, periodistas o quizá policías que atraparían a esos malditos que le borran la poquita dosis de bondad a este país. Así las grabo hoy en mi corazón y las esconderé en donde nadie pueda volver a quitarles sus metas, porque aquí siempre las cumplirán. 

Mi rostro se desvía de nuevo. El peso de la montaña se siente en mi corazón, lo plasta así con lo hizo con los hogares de San Marcos La Laguna. Me empiezo a ahogar con la tierra y las rocas que me presionan el pecho, que se meten en mi boca, que me quitan el aire. Así como lo hicieron con Catarina Mendoza Puzul, Narciso Puzul, Mariela Puzul y un pequeño que vio el sol brillar solo 8 meses. Pero de ellos quiero tomar todo ese dolor, esa agonía y la hago mía.

Les regalo, con estas palabras, los más bellos amaneceres, las noches estrelladas, un abrazo de la última persona en la que pensaron. Sí les regalo 100 años más de vida, o quizá más, porque aquí también vivirán por la eternidad. Los acojo y los presento con Laura y Litzy. Estoy segura que todos se llevarán bien. Por favor, sonrían mucho, yo me quedo en su lugar.

Perdón por no vernos de frente antes, les juro que me duele, que siento en cada célula de este cuerpo cansado lo que ustedes pasaron y no puedo. Por eso les dejo este texto, con las lagrimas de sus familiares, amigos y personas que no los conocieron pero que ya no aguantan más desgracias que exigen justicia, respeto y una pausa a todo este caos. Les aseguro que quiero ser más fuerte, pero me duele. 

Buen viaje, mis queridos, porque para mí ustedes no tienen fin.

-Amarela-

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