Escribología

Sharon

Te escribo llorando. Te escribo porque es la única forma de hacerte eterna en estas letras; para que nadie olvide tu nombre y nos indignemos de lo que te pasó. Eso que le pasa a cientos de mujeres cada día en este país en el que nacimos, pero que pareciera que ser mujer es nuestro castigo. Esos nombres que se desconocen y silenciamos con nuestra indiferencia.

Arde y quema la normalidad con la que vemos cómo cada vez más nos llevan por ser niñas y mujeres. ¿Cuándo será el día que no de miedo salir a la calle? ¿Cuándo podremos sentarnos en la banqueta a retomar el aire y seguir sin temor a que alguien nos siga, nos toque, nos mate? ¿Cuándo? ¿cuándo?

Pienso en qué te gustaba jugar, en las tardes en las que el aire despeinaba tu cabello porque te encantaba pedalear más rápido sobre tu bicicleta. Quiero imaginarte cuando los rayos del sol bañaban, con ese naranja dorado, tu piel y esta resplandecía mientras te dirigías a tu escuela. Adivino el color que más te gustaba, el nombre tu cabrita, el peluche con el que dormías y tus sandalias favoritas.

Trato de pensar en el atajo que te gustaba tomar para adentrarte en las calles del caluroso Petén. Las carreritas que hacías con tus amigos después de las clases, y el abrazo que anhelabas al llegar a casa.

Sharon Yasmín Figueroa Arriaza

Sharon Yasmín Figueroa Arriaza

Sharon Yasmín Figueroa Arriaza

Digo tu nombre en voz alta porque no quiero olvidarte, porque no quiero olvidar los sueños que querías por cumplir, porque seguro querías mostrarle a tus maestras cómo había crecido el frijol del proyecto de ciencias, o quizá remojar de nuevo tus pies en el río al que tanto gustaba ir.

Sharon, pequeña Sharon,

Te escribo esto por si nunca te lo dijeron:

Quiero cuidarte, quiero abrazarte, quiero proteger tu fragilidad y que te sientas segura a mi lado. Quiero ser esas palabras que te alivien, esa caricia que te de paz, quiero arrullarte y sobar tu cabello y decirte cuánto te amo mientras beso tu frente. Que no vuelvas a tener miedo y que este 10 de febrero nunca llegue.

Pequeña nena, hoy te escribo para que seas eterna.

-Amarela-

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A ti, maldito asesino

¿Qué sentirás al ver a todo un pueblo dolido, herido, desgarrado por tomar con tus manos la vida de una pequeña de ocho años?

¿Te duele? ¿te ríes? ¿te aplaude alguien lo que hiciste?

¿Estarás tranquilo, tomando una taza de café con pan dulce, mientras los padres de Sharon Figueroa quieren morirse porque sin su pequeña no hay razón de seguir viviendo?

¿Acaso estás tan drogado que ni siquiera recuerdas haber visto cómo se desvanecía el brillo de su mirada?

¿O quizá estás contando los billetes que te dieron dar por matar a esa bella niña de carita redondita?

Cada célula de mi cuerpo llora por asesinar a Sharon, y apretando los dientes y sin poder evitar las lágrimas de rabia solo puedo desear de hoy en adelante veas su rostro en cada niña, quizá en tus hijas, sobrinas, hermanas, y también en tu madre. Quiero que la escuches en las risas de la calle, que la sientas en tus sueños y que nunca más encuentres calma.

A ti, maldito ser humano,

A ti, maldito asesino que dejaste a su cuerpo frío tirado y no tomaste 2 segundos para pensar en todos los sueños que robaste, a ti, te escribo esto. Espero tus asquerosas manos no vuelvan a tocar a ninguna mujer y que pronto vivas en un constante tormento.

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En la punta de los dedos

La sensación que despertó el paso de tu mano sobre mi brazo fue la confirmación de que queríamos estar cercanos. Tenernos al lado y no dudar en entrelazar nuestros dedos, sin importar si era correcto o no, ante los demás. El abrazo que encajaba perfectamente por la diferencia de nuestras alturas fue como leer la línea que tanto se anhela del libro favorito.

Me tomó por sorpresa porque por muchos años me había cuestionado quién de los dos debía dar el primer paso y alzar la bandera blanca que anuncia la tregua de esta guerra.

No entendí porque anoche mis párpados no se mantenían abiertos; la urgencia de entrar a los sueños era precisa. Querían presenciar mi reencuentro contigo. Esa imagen que nunca viví, ayer la ví, la sentí y la palpé. Era verdad, era real.

La felicidad de ese momento no quiso palabras, nuestros cuerpos callados hablaron más fuerte que cualquier sonido que se haya escuchado. El lenguaje fue el movimiento. Las emociones no silenciaron las memorias grabadas en nuestros pulgares. No necesitamos puntos ni comas, olvidamos el abecedario y a las cuerdas vocales les faltó el aire. El tacto tradujo lo que de nuestras almas desbordaban y dictó lo que tanto queríamos decir.

Creamos recuerdos parlantes por si nos despertábamos, porque no sabíamos cuánto duraría ese momento y no queríamos volver a perder el tiempo. No sé si volverá a pasar, no sé si hoy al dormir estarás allí, pero si no es así dejamos un atajo.

Volvamos a escucharnos, sintámonos al tocar la punta de nuestros dedos, pues allí está lo que expresamos en silencio, allí está lo que a las palabras no les alcanzó nombrar; allí está lo nuestro.

-Amarela-

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Un tornado en el pecho

Siento un tornado el pecho que alcanza velocidades que aún no entiendo. No sé que tantas cosas se elevan; la trayectoria cambia y las sacude de un lado a otro, desacomodando abruptamente todo. Gira y gira y no para de girar. No sé cómo se para un huracán.

Lo que veo es mis pensamientos incontrolables subiendo y bajando en el mismo sitio. No sé si es la decisión que debo de tomar o el miedo de no saber qué hacer cuando la tenga en mis manos. No sé si es el temor a la independencia y verme sola. No sé si estoy escogiendo arrebatadamente o si el caos de este ciclón no me deja ver con claridad y me empuja a decidir ya.

Dicen que si logras entrar el ojo encuentras calma; busco la forma y deseo ese momento de paz en el que pueda cuestionar, hablar tranquilamente y saber lo que debo hacer. Lo intento, pero no llego; no logro cruzar y en el transcurso me golpean los miedos, las dudas, el temor a fracasar, y lo hacen fuerte.

Por eso escribo esto, talvez las palabras no tienen ese poder, pero sí logran abrir el camino para llegar a donde hay tranquilidad. Sé que no estoy sola, aunque así me sienta, solo quiero sentarme y que alguien me diga que llegaré y lo haré bien.

Uso las letras para decirte que te necesito, que necesito que pares este tornado que me revienta en el pecho y me moviliza. Necesito que me tomes de la mano y te sientas a mi lado, que juntos encontremos esas respuestas a las miles de interrogantes que revolotean en este instante.

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El recuerdo al que le temo

El roce de tus dedos sobre mi mano, tu mensaje tan oportuno, mi desesperación por no volver a creer que el tiempo perdona, y mis ganas de confesar lo que por años te he guardado. 

Saber que te irás, que no sabré si volverán a pasar otros cuatro años para tenerte de frente y que me quieras hablar.

Y corro. Te busco por todas partes, no quiero perder mi oportunidad de decirte todo lo que repasé cada noche, antes de cerrar los ojos. 

Quiero verte y con un beso sabrás todo lo que he callado, con un abrazo te pediré perdón por el pasado y quizá , por fin, nos digamos adiós y seguiremos avanzando. 

No recordaba la fecha; la olvidé todos estos años, seguro por el dolor que causa, porque todavía arde esa tarde que nos vimos por última vez. 

Me negaba, porque es el recuerdo al que más le temo, al que más le huyo, al que más ganas me dan de borrar y no haberlo conocido.

No supe el porqué soñé, sentí y viví lo que arriba escribo, no supe porque esa los días se sincronizaron , hasta que comprendí que el 27 de enero fue cuando te perdí.

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Lo sabía

Creo que tuve el valor un tanto tímido de preguntar de cuándo podría volver buscarte porque en el fondo, algo en mi interior gritaba que ya esa sería la última vez que te vería.

Lo pregunté con ingenuidad y rogando que la certeza que presionaba mis costillas no fuera real; quizá solo quise creer que tus palabras no formularían mentiras.

Lo hice porque en el fondo supe que te costaría ver el quebranto de mi corazón reflejado en mi rostro y no mentirías, pero, aunque te costó, lo hiciste.

Sé que fue para que no doliera tanto, pero te confieso que esa mentira es la responsable de que aún siga doliendo cada que la recuerdo.

Ojalá tomados de manos y viéndonos a los ojos hubiésemos establecido el plazo de nuestra distancia, así podría sobrellevar mejor los días, los meses, los años que no te he visto porque sabría que cada vez faltaría menos para volver a vernos.

Lo sabía, lo sabía.
Sabía que mentías

Lo sabía, lo sabías

no volverías.

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Otra Navidad

De nuevo diciembre. Otra Navidad que llega con todos los recuerdos; con los días que pasamos juntos. Cada año con nuevos detalles y al mismo tiempo va borrando otros. Esta vez, no pude recordar algunas frases. No supe qué pasó luego de que sostuvimos la mirada. Recuerdo el beso en el hombro izquierdo, ese no se ha ido. Es más, volvió a dejar la suavidad de tus labios en mi piel, pero ya no están tus palabras. Creo que esas memorias están llegando a su fecha de caducidad.

No olvidé la ropa que usaste, el papel en el que envolví tus regalos, los calcetines con los que recibiste las 12:00, un poema que escribiste y sentí tan mío, ni la foto que te envíe. Puse a prueba a mi mente, y esas pequeñas partes siguen intactas, pero al volver a tus palabras, tu rostro, tu cariño, solo encontré un gran vacío. El tiempo te empezó a borrar. 

Me da miedo revisar de nuevo y pensar que no fue real. Me pregunto si el próximo diciembre habrá algo que revivir. No lo sé. Lo cierto es que me sigue siendo imposible no pensarte cuando se acerca la Noche Buena, los días previos y los días que le siguen. Aún me arde el no poder desearte paz, amor y un abrazo que te renueve, como lo hicimos años atrás. 

No dudo que fue así, que recibiste el 25 con los brazos que escogiste, con las personas que más amas y que te acompañaron en este año tan raro, confuso pero revelador. Estoy segura que no faltó el puré de calabaza que un día me describiste tan bien, que no he podido dejar de saborearlo, aunque nunca lo haya probado. Sé que hubo tristeza por las sillas vacías, por las ausencias no pedidas, pero también sé que te rodeaste de los que importan. 

Aunque hoy no es Navidad, no quise dejar de pasar y decirte que allí estaba yo, despidiendo el 24 y deseando que estuvieras feliz, que el pasado no se asomara esa noche ni las siguientes, y que no existiera más el rencor sino que lo hayas sustituido por el perdón. Quise que tuvieras un momento de tranquilad y gratitud. 

Ojalá haya sido así porque tú te lo mereces. 

Ojalá el valor que hoy me falta, a ti te sobre y un día pases a saludar. 

Feliz Navidad, viejo amigo.

Biffy.

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Verte feliz

La verdad no tengo ni idea de qué estás viviendo. No puedo ponerme en tus zapatos. ¿cómo hacerlo si ni siquiera sé si necesitas que lo haga? Tendemos a imaginar a la otra persona extrañándonos, sumido en la nostalgia de los tiempos pasados, pero siendo realistas, lo más seguro es que esté bien y que ya ni se recuerde de lo que ya fue. 

La verdad, he de decirlo, llegué, sin buscarlos, a algunos indicios de lo que estás viviendo. Te vi feliz con alguien a tu lado que te ama sin condición, que no duda en gritar que te ama y en abrazarte tan fuerte como si fuera la última vez que lo hiciera, sabiendo perfectamente que lo podrá hacer mañana y todos los días de los siguen 3 años, o quizá el resto de su vida.  Eso me hace muy feliz, en serio, soy feliz de verte feliz. 

Sé nota que te hace ser mejor y no dudo que sea así, pues te mereces eso y mucho más. Me alegra que ambos se complementen, que ella también te sienta sin barreras y que crezcan juntos. Que los años pasen pero no se sientan, que la seguridad de escogerse cada tarde sea genuina. 

Sonrío, lo hago naturalmente, porque ahora ya no quiero verte voltear al pasado, pues me encanta como se ven sus espaldas caminando hacia su futuro. 

La verdad es que veo lo que siempre quise para ti: un amor sincero que no tuviera miedo y que dejará salir el tuyo, ese que hace tanto tiempo vi asomarse a la superficie.

-Biffy-

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Nuestra celebración

Carta de cuarentena #9

(Esta carta de la dedico a vos, cumpleañero no cumpleañero).

No recuerdo cuando empecé con esta tradición de felicitarte un mes antes de tu cumpleaños. Tengo presente que el primer año fue por error. Talvez estaba muy nerviosa de hacerlo que perdí la noción del tiempo. Quería ser la primera en saludarte, desearte todo lo lindo y que pasarás un día lleno de abrazos. Lo hice, pero con 31 días de antelación. 

Me respondiste muy amable, dijiste que me agradecías pero que era en diciembre. Solo pude llorar de la risa y ver cómo nacía una fecha especial entre los dos. 

Desde ese momento, todos los años te escribo el 11 de noviembre, asegurándome de ser la primera persona que celebra tu vida. Parece tonto, pero realmente lo disfruto. 

Hace tres años lo olvidé y me escribiste sorprendido del por qué no llegué puntual a nuestro encuentro. Lo enmendé tres días después, pero se quedó un vacío en el calendario del 2017. 

Las distracciones de ese tiempo ya se fueron y no van a volver, así que hoy sumamos otro año más en celebrarte un mes antes, y es que quizá, eso hace que el atardecer de cada 11 de noviembre se llene de colores más vivos. 

Aquí te dejo mis felicitaciones y gracias por seguir viniendo puntual a este falso cumpleaños que significa tanto. Que los momentos duros que has pasado este año no apaguen tus ganas de salir a comerte el mundo, que las personas que no están a tu lado fisicamente las sientas en cada paso que das y que no olvides que siempre estaré esperando pacientemente a que vengas a contarme tus aventuras. 

-Amarela-

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Preguntaron por ti

Sí, preguntaron por ti, directo y sin rodeos, preguntaron por ti.

Después de tres años tuve que retroceder el reloj y contar el triste desenlace de lo que fuimos. Y es que una de mis mejores amigas se quedó sin saber qué fue de aquella duda que ardía en mi corazón, cuando en medio del aeropuerto me pidió saber la historia detrás de mi mirada perdida.

Las preguntas siempre me ponen a dar tambalear sobre un limbo que no sé nombrar.

Preguntas, preguntas y más preguntas.

Preguntan por ti

pregunto por ti

¿preguntas por mí?

-Amarela-

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