Escribología

Nuestro mirador

En el mirador, donde por primera vez compartimos ese silencio que nos unió y la ciudad se peinaba para impresionarnos, regresamos el segundo día de algún mes de este año extraño. 11 años después, pero regresamos.

Encendió un cigarro tal y como la primera noche que sin querer nombramos ese lugar nuestro. Me preguntó si me incomodaba; con la cabeza respondí que no y al instante nos perdimos entre el anaranjado que brillaba en medio de una sábana oscura y llena de estrellas que se desplegó en nuestro horizonte.

El reloj se acercaba a la medianoche y la ciudad de nuevo se alegró de vernos volver. En silencio fijamos los ojos en aquel espectáculo que la luna nos regaló por regresar a ese mirador que nos vio callar y amar, a ese sitio que hicimos nuestro.

Gracias mi querido amigo por hacerme volver.

-Amarela-

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Solo conmigo

No olvido que fue empezando marzo cuando intercambiamos por última vez algunas palabras.

Busqué el porqué en cada espacio, entre cada letra y no lo encontré.

Más tarde entendí que hacía tiempo que habías elegido el silencio como esa nota de despedida nunca escrita, pero se te olvidó decirme qué era lo que habías puesto en ella.

Ahora, ya que los años han pasado, puedo confesar que aprendí a leerla como al braile, paseando mis dedos sobre las cicatrices que dejaste.

Supe que te fuiste porque no estabas dispuesto a esperar que me encontrara, y no es reclamo, solo lo veo como esa valentía de serte fiel, de tener claro qué era lo que no estabas dispuesto a hacer.

Pudo ser mucha carga estar a mi lado y no lo supe en su momento, y me atrevo a decir que realmente no me amabas y ninguno de los dos lo quería decirlo en alto, ninguno de los dos quería aceptarlo.

Ahora lo veo, lo siento, lo entiendo

Ahora te veo, te siento, te entiendo

Ahora me veo, me siento, me entiendo.

No te necesitaba aquí, aunque por tantos meses llore al no verte venir.

Solo me queda agradecerte por enseñarme sin estar,

por empujarme a buscarme,

por dejarme para que yo en verdad pudiera encontrarme, sin ti, sin nadie, solo conmigo.

-Amarela-

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Marzo

Marzo sabe a mango, 

huele a San José del Golfo,

se siente a arena de la playa a la que siempre regresabas.

Marzo suena a los 15 años de Martina y a las decenas de libros en los que te perdías. 

También trae tus abrazos y aquellas caricaturas que por horas veíamos juntos.

Marzo recita los versos que escribías en tus papeles de abogado, con la única excusa de escaparte de la realidad por unos minutos. 

Este mes despierta en mí una amnesia involuntaria; borra el 11 del calendario y solo lo reconozco con los sentidos. Me detengo un momento, y saboreo, huelo, siento, escucho y te veo. Tu recuerdo vuelve en mis sentidos y te extraño. 

Te quería contar que ya soy esa profesional con buenas notas que siempre me instaste a ser, que cada que pruebo una hamburguesas te siento cerca, lo mismo me pasa cuando veo caer a las jacarandas. 

Confieso que, al las olas chocar contra mis piernas te agarro de la mano y no me quiero soltar, tal como cuando era una niña. 

Aquí se te echa mucho de menos, Memito, pero sé que desde la nube más hermosa estás comiendo docenas de mangos y disfrutando de tu cocido favorito con una limonada bien cargada.

Guárdame un poco, para cuando llegue.

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Has regresado

Has estado presente por momentos. Has estado aquí.

Me sorprende, me desencaja porque hace tanto que no lo estabas tan frecuentemente. 

Se me volvió a perder la mirada, la sonrisa volvió curvarse hacia abajo al pensar que podía acercarme y conversar. Saber qué es de ti, pero esto parece la idea y sensación más rumiante que ha habitado en este pequeño cuerpo desde hace años y hasta cierto punto me molesta.

Aclaro que no me enoja pensar en ti, al contrario, solo puedo hacerlo, ahora, con esperanza de que estés bien. Es complicado no poder acercarme y preguntártelo para que lo confirmes. 

Has regresado a esta mente caótica, pero ya no al mismo corazón turbado que conociste, a ese amor perdido y confundido. Me encantaría presentarte esta nueva yo, esta que recuerda y aprendió que está bien no tener todas las respuestas, no tener el control de todo y que aún sin querer también se puede lastimar a los demás. 

Quisiera contarte todo lo que he dejado atrás, todo por lo que he luchado y he alcanzado y comentarte que fuiste un parteaguas en mi vida, doloroso, desgarrador pero valioso. 

Comprobé la fuerza que llevo por dentro, descubrí el profundo amor que puedo dar, y a que sola también soy feliz. 

Me encantaría escuchar tus historias, qué es lo que ahora te mueve, si volviste a enamorarte de tu carrera, si te gusta la vida en el campo y si aún nos recuerdas, pero sin odio; en serio ese es uno de los deseos más grandes que tengo, que ambos podamos revisitarnos en el pasado y eso no deje un mal sabor de boca, aunque sé que el agujero que quedó de nuestro caminar, nunca se irá.

Solo he decidido quedarme con lo bueno, eso que agradezco tanto, porque lo viví, lo disfruté y lo sentí con cada parte de mi ser. Aunque ya no suspiro sigo respirando hondo. 

Es sábado y escribo después de la clase de señas porque mientras lo hago también uso mis manos para decir lo que con letras no se lee. 

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Sharon

Te escribo llorando. Te escribo porque es la única forma de hacerte eterna en estas letras; para que nadie olvide tu nombre y nos indignemos de lo que te pasó. Eso que le pasa a cientos de mujeres cada día en este país en el que nacimos, pero que pareciera que ser mujer es nuestro castigo. Esos nombres que se desconocen y silenciamos con nuestra indiferencia.

Arde y quema la normalidad con la que vemos cómo cada vez más nos llevan por ser niñas y mujeres. ¿Cuándo será el día que no de miedo salir a la calle? ¿Cuándo podremos sentarnos en la banqueta a retomar el aire y seguir sin temor a que alguien nos siga, nos toque, nos mate? ¿Cuándo? ¿cuándo?

Pienso en qué te gustaba jugar, en las tardes en las que el aire despeinaba tu cabello porque te encantaba pedalear más rápido sobre tu bicicleta. Quiero imaginarte cuando los rayos del sol bañaban, con ese naranja dorado, tu piel y esta resplandecía mientras te dirigías a tu escuela. Adivino el color que más te gustaba, el nombre tu cabrita, el peluche con el que dormías y tus sandalias favoritas.

Trato de pensar en el atajo que te gustaba tomar para adentrarte en las calles del caluroso Petén. Las carreritas que hacías con tus amigos después de las clases, y el abrazo que anhelabas al llegar a casa.

Sharon Yasmín Figueroa Arriaza

Sharon Yasmín Figueroa Arriaza

Sharon Yasmín Figueroa Arriaza

Digo tu nombre en voz alta porque no quiero olvidarte, porque no quiero olvidar los sueños que querías por cumplir, porque seguro querías mostrarle a tus maestras cómo había crecido el frijol del proyecto de ciencias, o quizá remojar de nuevo tus pies en el río al que tanto gustaba ir.

Sharon, pequeña Sharon,

Te escribo esto por si nunca te lo dijeron:

Quiero cuidarte, quiero abrazarte, quiero proteger tu fragilidad y que te sientas segura a mi lado. Quiero ser esas palabras que te alivien, esa caricia que te de paz, quiero arrullarte y sobar tu cabello y decirte cuánto te amo mientras beso tu frente. Que no vuelvas a tener miedo y que este 10 de febrero nunca llegue.

Pequeña nena, hoy te escribo para que seas eterna.

-Amarela-

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A ti, maldito asesino

¿Qué sentirás al ver a todo un pueblo dolido, herido, desgarrado por tomar con tus manos la vida de una pequeña de ocho años?

¿Te duele? ¿te ríes? ¿te aplaude alguien lo que hiciste?

¿Estarás tranquilo, tomando una taza de café con pan dulce, mientras los padres de Sharon Figueroa quieren morirse porque sin su pequeña no hay razón de seguir viviendo?

¿Acaso estás tan drogado que ni siquiera recuerdas haber visto cómo se desvanecía el brillo de su mirada?

¿O quizá estás contando los billetes que te dieron dar por matar a esa bella niña de carita redondita?

Cada célula de mi cuerpo llora por asesinar a Sharon, y apretando los dientes y sin poder evitar las lágrimas de rabia solo puedo desear de hoy en adelante veas su rostro en cada niña, quizá en tus hijas, sobrinas, hermanas, y también en tu madre. Quiero que la escuches en las risas de la calle, que la sientas en tus sueños y que nunca más encuentres calma.

A ti, maldito ser humano,

A ti, maldito asesino que dejaste a su cuerpo frío tirado y no tomaste 2 segundos para pensar en todos los sueños que robaste, a ti, te escribo esto. Espero tus asquerosas manos no vuelvan a tocar a ninguna mujer y que pronto vivas en un constante tormento.

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En la punta de los dedos

La sensación que despertó el paso de tu mano sobre mi brazo fue la confirmación de que queríamos estar cercanos. Tenernos al lado y no dudar en entrelazar nuestros dedos, sin importar si era correcto o no, ante los demás. El abrazo que encajaba perfectamente por la diferencia de nuestras alturas fue como leer la línea que tanto se anhela del libro favorito.

Me tomó por sorpresa porque por muchos años me había cuestionado quién de los dos debía dar el primer paso y alzar la bandera blanca que anuncia la tregua de esta guerra.

No entendí porque anoche mis párpados no se mantenían abiertos; la urgencia de entrar a los sueños era precisa. Querían presenciar mi reencuentro contigo. Esa imagen que nunca viví, ayer la ví, la sentí y la palpé. Era verdad, era real.

La felicidad de ese momento no quiso palabras, nuestros cuerpos callados hablaron más fuerte que cualquier sonido que se haya escuchado. El lenguaje fue el movimiento. Las emociones no silenciaron las memorias grabadas en nuestros pulgares. No necesitamos puntos ni comas, olvidamos el abecedario y a las cuerdas vocales les faltó el aire. El tacto tradujo lo que de nuestras almas desbordaban y dictó lo que tanto queríamos decir.

Creamos recuerdos parlantes por si nos despertábamos, porque no sabíamos cuánto duraría ese momento y no queríamos volver a perder el tiempo. No sé si volverá a pasar, no sé si hoy al dormir estarás allí, pero si no es así dejamos un atajo.

Volvamos a escucharnos, sintámonos al tocar la punta de nuestros dedos, pues allí está lo que expresamos en silencio, allí está lo que a las palabras no les alcanzó nombrar; allí está lo nuestro.

-Amarela-

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Un tornado en el pecho

Siento un tornado el pecho que alcanza velocidades que aún no entiendo. No sé que tantas cosas se elevan; la trayectoria cambia y las sacude de un lado a otro, desacomodando abruptamente todo. Gira y gira y no para de girar. No sé cómo se para un huracán.

Lo que veo es mis pensamientos incontrolables subiendo y bajando en el mismo sitio. No sé si es la decisión que debo de tomar o el miedo de no saber qué hacer cuando la tenga en mis manos. No sé si es el temor a la independencia y verme sola. No sé si estoy escogiendo arrebatadamente o si el caos de este ciclón no me deja ver con claridad y me empuja a decidir ya.

Dicen que si logras entrar el ojo encuentras calma; busco la forma y deseo ese momento de paz en el que pueda cuestionar, hablar tranquilamente y saber lo que debo hacer. Lo intento, pero no llego; no logro cruzar y en el transcurso me golpean los miedos, las dudas, el temor a fracasar, y lo hacen fuerte.

Por eso escribo esto, talvez las palabras no tienen ese poder, pero sí logran abrir el camino para llegar a donde hay tranquilidad. Sé que no estoy sola, aunque así me sienta, solo quiero sentarme y que alguien me diga que llegaré y lo haré bien.

Uso las letras para decirte que te necesito, que necesito que pares este tornado que me revienta en el pecho y me moviliza. Necesito que me tomes de la mano y te sientas a mi lado, que juntos encontremos esas respuestas a las miles de interrogantes que revolotean en este instante.

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El recuerdo al que le temo

El roce de tus dedos sobre mi mano, tu mensaje tan oportuno, mi desesperación por no volver a creer que el tiempo perdona, y mis ganas de confesar lo que por años te he guardado. 

Saber que te irás, que no sabré si volverán a pasar otros cuatro años para tenerte de frente y que me quieras hablar.

Y corro. Te busco por todas partes, no quiero perder mi oportunidad de decirte todo lo que repasé cada noche, antes de cerrar los ojos. 

Quiero verte y con un beso sabrás todo lo que he callado, con un abrazo te pediré perdón por el pasado y quizá , por fin, nos digamos adiós y seguiremos avanzando. 

No recordaba la fecha; la olvidé todos estos años, seguro por el dolor que causa, porque todavía arde esa tarde que nos vimos por última vez. 

Me negaba, porque es el recuerdo al que más le temo, al que más le huyo, al que más ganas me dan de borrar y no haberlo conocido.

No supe el porqué soñé, sentí y viví lo que arriba escribo, no supe porque esa los días se sincronizaron , hasta que comprendí que el 27 de enero fue cuando te perdí.

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Lo sabía

Creo que tuve el valor un tanto tímido de preguntar de cuándo podría volver buscarte porque en el fondo, algo en mi interior gritaba que ya esa sería la última vez que te vería.

Lo pregunté con ingenuidad y rogando que la certeza que presionaba mis costillas no fuera real; quizá solo quise creer que tus palabras no formularían mentiras.

Lo hice porque en el fondo supe que te costaría ver el quebranto de mi corazón reflejado en mi rostro y no mentirías, pero, aunque te costó, lo hiciste.

Sé que fue para que no doliera tanto, pero te confieso que esa mentira es la responsable de que aún siga doliendo cada que la recuerdo.

Ojalá tomados de manos y viéndonos a los ojos hubiésemos establecido el plazo de nuestra distancia, así podría sobrellevar mejor los días, los meses, los años que no te he visto porque sabría que cada vez faltaría menos para volver a vernos.

Lo sabía, lo sabía.
Sabía que mentías

Lo sabía, lo sabías

no volverías.

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