Escribología

Febrero

Antes de conocerte, febrero no era nada más que el segundo mes del año, el más indeciso, el más inseguro, el más comercialmente romántico.

Antes de ti, febrero no significaba nada y lo único especial era que tenía menos días y que todo el año era febrero en cuanto al clima.

Qué analogía tan absurda, pienso mientras te escribo estas letras, pero es que febrero se parece a ti. Absurdo, indeciso, mentiroso.

Brillas de viernes a sábado, pero eres tormenta de martes a jueves. El domingo no te conozco, pero tengo la impresión que eres como noviembre, con fuertes vientos y cielos despejados.

Pienso que ya no quiero escribirte, que ya no quiero escribir de ti, pero febrero se me atraviesa con canciones al fondo que me hacen desear no buscar(te) más.

Y no quiero dedicarte febrero, pero febrero se me atraviesa con lunas de locura.

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Tan distintos

Quisiera decir que tú y yo no somos tan distintos.

Que tú, al igual que yo, no frecuentas los que eran nuestros sitios; no bebés el mismo café que conmigo, a la misma hora que conmigo.

Que son mis manos las que extrañas detrás de tu cuello y que el «Te amo» pausado con mímicas solo lo hacías conmigo.

Que me piensas cada mañana, cada tarde, cada noche; que extrañas mis besos, mis manos y que no puedes escuchar nuestras canciones sin imaginarnos cantándolas en el carro.

Quisiera decir que tú y yo no somos tan distintos, pero sí.

Porque yo no puedo ver que el reloj marca las 16:00 horas sin buscar tu mirada.

Porque temo y me muero por toparme con tu rostro en el supermercado, mientras nos veo bailando en cada pasillo.

Porque no puedo pedir la bendición de alguien más, sin pensar en que eran tus manos la que encomendaban.

Y es que yo no puedo refugiarme en otros brazos, otros ojos, otros labios.

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Espejo

Terminé tan rota, como espejo que cae al suelo sin aviso y lloré de la misma manera en la que lo hago los domingos de mayo, cuando la lluvia me recuerda que hacerlo no es debilidad.

No me molesté en reunir todas las partes que perdí, algunas ya no las necesito; tampoco en cerrar las puertas, que aunque sabes que siguen abiertas, no te esperan.

Ya no pido ni espero nada de ti, no quiero excusas ni reclamos, yo tampoco te las daré.

Me resistí a reconocer que el corazón me lo he roto yo sola en los últimos meses, me negué a ponerle nombre a lo que eras y me obligaste a encerraros en cajas distintas.

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Tanto

Tanto adiós, tanta pausa, tanto reinicio.

Tanto de todo que me recuerda a ti, tanto de febrero que quisiera repetir y tanto de noviembre que quiero olvidar.

Tantos besos a destiempo, tantos abrazos en silencio, tantas miradas a escondidas, tanto nosotros que no existía.

Tanto de tanto, de aquello por venir y aquello por dejar ir.

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Encubierta

Quisiera contarte más de mí,

Hablarte como si no tuviéramos pasado que nos envuelva y decirte que estuve muy equivocada y que no puedo predecir cómo voy a actuar mañana.

Que aunque la ciencia diga que los patrones de hechos pasados determinan los futuros, no es así.

Quisiera presentarme como una amiga,

Y contarte que puedo ser la tuya, que el corazón no duele tanto como lo imaginé, que verte almorzar frente a otros ojos no duele como antes.

Decirte que tengo nuevas costumbres y a las 10:00 pm ya no espero tu llamada, que el agua de coco sigue sabiendo igual, que cambié la hora del café y ahora es conmigo, mientras me pido perdón.

Me gustaría sentarme frente a ti,

Saberte bien o saberte mal, y es a que a estas alturas me preocupo más por mí. Pero quiero saber de ti.

Y contarte de mí, que aunque el latte con dos de azúcar y lecha deslactosada lleva tu nombre impreso, por fin estoy respirando paz y no guardo miedo alguno por ser descubierta.

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No te lloro

Casi nunca se les llora a las personas, se lloran los momentos no vividos, las palabras no dichas y todas aquellas cosas que hicimos sin reciprocidad.

Y no, querer que sea mutuo no es sinónimo de egoísmo o de la búsqueda de un amor interesado; solo que a veces nos hace vulnerables.

Vulnerables a nosotros, a lo que sentimos, a lo que nos hacen sentir, nos hace vulnerables por elección.

Amar debería ser sencillo, con sus momentos complicados y difíciles, con las pruebas escalonadas, pero no al décimo piso. El amor debe ser una mezcla de decisión e impulso, pero nunca forzado.

Es que nos debería enseñar a pedir perdón y saber cómo recibir el perdón del otro.

Pero te digo esto, porque aunque hoy llore y quizá lo haga mañana y durante los siguientes incontables días, sé que llegué a sentir más de lo que mi boca sabe contar.

Y que aunque sienta que te lloro a ti, no, no es así. Hoy lloro por las palabras que me quedé esperando escuchar, por los besos que pedí y aún así no recibí y por las veces que me quedé prendida al teléfono esperando una llamada o mensaje tuyo.

Pero no te lloro, no a ti; lloro porque fui incapaz de elegirme.

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Te amo, pero debo irme

«Te amo, pero debo irme», quizá sean las palabras que más se me han dificultado decir, en voz baja y alta, las más difíciles de decirme.

Lo sigo diciendo en presente, que te amo y no sé cuánto tardaré en cambiar el tiempo, porque estoy segura de que un amor como el nuestro se encuentra una sola vez.

Tomarte de la mano era magia, besarte los pensamientos una locura y acariciar tu cabello, mi pasatiempo favorito.

Que te sigo amando y no controlo el duelo, que te sigo amando y quema, que te sigo abrazando a mi pecho mientras tú te dejas guardar en él. Que te amo, pero debo irme.

Necesito aprender a vivir sin ti, pero me niego a quererlo.

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Grito

Tardo horas eligiendo qué vestir, me pongo frente al espejo y tomo un suéter, pero hace calor…

Mis hombros descubiertos me hacen escuchar a mi mamá llamando a mis amigas, porque no sabe donde estoy; la falda corta sobre mi cama me advierte que hay manos venenosas; el collar que llega hasta mis pechos me ve con inquietud y el espejo me hace pensar que debo tomarme una foto para que todos sepan cómo vestía.

Eso me pasa a mí, a mis 25 años. Tengo miedo, rabia y me siento impotente. Y entonces el silencio me hace llorar, llorar por las niñas que sin usar escotes, sin tener pechos grandes y sin que la sangre aún no manche su ropa interior, viven en el infierno.

Y el nombre de Hilary y de Sharon vienen a mi cabeza, y un hogar con nombre bíblico me hace gritar, y querer quebrar todo, para que no nos quemen el cuerpo ni el alma.

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Lo que nos hemos enseñado

Me hiciste soñar, creer y crecer, me obligaste y después me enseñaste.

Me enseñaste que lo negro también es luz y que en el fondo la esperanza es sobresaliente; que aún con los ojos llorosos el corazón puede ser valiente, rudo y capaz.

Te mostré como se sobrevive a las adversidades, que un encierro no es capaz de detenernos y que las enfermedades, aunque nos quiebran, nos hacen más unidos, y luego fuertes.

Nos explicamos qué es lidiar con tantos sentimientos, qué se extrañar a los que más lejos están, pero también a los vecinos, a la señora que toma el bus todos los días en la Petapa y al que vende jugos frente al trabajo.

Y logramos salir triunfantes, con el alma un poco rota, pero con la fuerza de reponerse cada día, viendo hacia atrás como un aprendizaje y hacia delante con añoranza.

Querido 2020, me hiciste pedazos y te hice el más odiado, pero nos enseñamos que toda la mierda del mundo no es suficiente para que el mal olor se nos impregne.

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Cartas

Extravié la pluma y dejé volar el papel
pero te escribí una y mil cartas.

En los días pares pedía serenidad,
aunque las manos me temblaran.

En los días impares te quería de vuelta
aunque eso desequilibrara.

El día 15 lloraba frente al espejo,
pero el 16 me renovaba con la luna.

Los domingos escribía media carta deprimida
y luego lo hacía como un rayo de luz.

Te escribí una y mil cartas,
pero extravié la pluma y dejé volar el papel.

28/09/20

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