Escribología

La cura

Tengo un hueco entre la cabeza y el hombro, un espacio entre mis brazos y otros más entre las manos, y confieso que aún te guardo un lugar al lado izquierdo de la cama.

Que aunque el miedo te haya dejado sordo y ciego; y el olvido entre el ayer y el mañana, yo le sigo confiando mi corazón a tus manos y a la distancia tu voz recién despierta.

Me acostumbraste a tantas cosas y enseñaste a no ponerle tanta atención a otras. Fuiste mi cura.

La cura al silencio de mis cuatro paredes, al de la manía de verme las manos y contarme los dedos, a la desesperación de mañana y al frío entre mis piernas en verano.

La cura al dolor, al dolor físico, mental y externo. Al dolor del ruido que mi boca no sabe callar, al de mis pies que se cansan de buscar y al de mis ojos desvalidos por la mentira.

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No sé qué hacer

Prometiste quedarte hasta que nuestros huesos se cansaran de levantarse, hasta que nuestras voces dejaran de intentar hacerse escuchar.

El tiempo pasa lentamente y yo voy detrás de él, aún más despacio. En silencio, con el corazón pegando a gritos que lo consuele y vuelva a tus brazos.

Mis manos no encuentran dirección, porque buscan tu rostro y me reclaman alejarlas de ti está noche. Mis labios se niegan a pronunciar que no te necesito y por el contrario, están aferrados a deletrear que te aman.

Mi cabeza es un relajo, un enredo de ilusiones e intenciones; mi lengua no se sabe controlar y aunque le ordeno repetir que estoy bien sin ti, ella me contradice diciendo que necesito que vuelvas.

Dime, ¿cómo le hago entender a mis sentidos y cuerpo que no estás?, que no estás y que la decisión es tuya, aunque no por palabras sino por acciones…

Me estás faltando y fallando, y no sé qué hacer.

No sé qué hacer con mis piernas que extrañan tu contacto, ni qué hacer con mis ojos que son tercos en buscarte…

Ayúdame, porque en verdad, no sé qué hacer.

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“Le puse nombre y personalidad”

Después de años de vida compartidos, no sentí más que un corazón lleno.

Los primeros días, estaba lleno de dolor, recuerdos y metas frustradas, de las que aseguraste íbamos a cumplir juntos.

Los meses pasaron y aunque todos dijeron que iba a sentir un gran vacío, no pasó y todo ese dolor que me había habitado se convirtió en odio y repudio.

En ese momento desee que la gente tuviera razón y lograra sentirme vacía, porque cargar con dolor y odio al mismo tiempo, no era humano.

El dolor disminuyó y el odio se largó. Me llené de paz interior y de perdón, aunque nadie me lo pidió.

“El tiempo te hará sanar”, rezaban a mi alrededor. Era como un viejo proverbio, que nadie entendía, pero todos repetían.

Y yo todo lo que podía pensar era “cuánta falsedad”. Con el paso, el tiempo me apremió, me dio la razón. Era falso.

Él no me haría sanar, yo sí. Mi corazón nunca estuvo vacío, porque después del dolor, desengaño y odio, llegó la paz.

Ella entró triunfante, fuerte, empoderada. La imaginé con brillos dorados, le puse rostro y personalidad.

El nombre era el mío y ahora ya no era débil, ni tímida con sus sentimientos, sino fuerte, feliz y dispuesta a terminar de llenarse con bienestar, amor y nuevas ilusiones.

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Una copa de vida

Me preguntó, primero a susurros con miedo a recibir un no, si le aceptaba una copa de vino en la vieja librería del barrio.

Acepté, tal como hubiera aceptado un vals en medio de la nada.

Y sin imaginarlo, al terminar de sonar la primera pieza, le invité a una segunda copa, pero no de vino, sino de vida.

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Ya aprendí

No estás, otra vez, y tu ausencia me enseño a:

Llorar en voz alta, porque soy libre de hacerlo.

Cuidar mi corazón, en singular.

Que el amor de verdad duele, cuando nos rompen.

Me enseñó que decir lo que se quiere no es suficiente y que mi 50 por ciento de intención no vale si en realidad yo tengo el cien.

Ahora sé que las promesas también las rompen quienes dicen amarnos y que el silencio nos hace perder, igual que el ruido.

Que la intención sí vale, pero las acciones cuentan el doble.

Ya aprendí que la palabra “amor” no tiene peso si no se suelta de la humillación y desconfianza.

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Olvidé los tenis

Es como un viaje que sale mal.

Llegué diez minutos tarde y perdí mi vuelo, olvidé empacar los tenis para subir la montaña, a la falda celeste que pensaba usar en la playa le cayó vino y estoy segura que en casa dejé el televisor encendido.

¿Qué si planifiqué salir más temprano? Claro, y también revisé mi maleta decenas de veces para segurarme que llevaba todo; traté de ser cuidadosa al comer para no manchar mi ropa y al salir de casa, estaba segura que todo se había quedado en orden.

Tú habías sido como un mal viaje, en el que también planifique que todo saliera bien, en que estaba segura que invertir tiempo era lo más justo y en el que mi mente me adelantó pedazos de la vida que quería vivir.

Tú saliste muy pronto de mi vida y yo perdí el vuelo de la mía. Tú olvidaste empacar interés en nuestra maleta y yo había puesto de más. Yo olvidé que el orgullo mancha y tú que no solo las cosas materiales dan luz.

El precio del vuelo era costoso y aún así me animé a pagarlo. No podía regresar el tiempo para solucionar todo, pero estaba segura que un nuevo destino me esperaba y tal vez cuando lo tome también olvide los tenis, pero quizá allí no hayan montañas por escalar.

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Las caras del amor

¿Cuántas caras tiene el amor?, ¡Cuántas caras tiene el amor!

La diferencia, como en esa oración, pueden ser insignificativas a simple vista, pero a profundidad, abismales.

¿Cuántas caras tiene el amor?, si la pregunta me la haces a mí, mi respuesta siempre va a ser que una, sí una.

Una porque el amor no puede ser de dos versiones, no puede serlo porque cuando se ama se ama de una manera: bonito.

Si tuviera dos o tres, dejaría de ser amor, porque este no condiciona, solo ama, quiere, abraza y besa el alma.

Entonces digo, ¡Cuantas caras tiene el amor!, en modo de expresión, de asombro, alegría o quizá ironía.

Porque entonces pienso, el amor tiene caras. Tiene las caras de mamá y papá viéndose, de mi perro cuando me ve llegar a casa, de mi novio al verlo escribir, de mis hermanos al comer helado, de mi maestra de inglés al escucharme hablar fluido.

Entonces, ¿el amor cuántas caras tiene?

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