Escribología

Descompuesta

Saber cocinar, planchar, lavar trastos, no barrer solo “por donde pasa la suegra” y cerrar la boca cuando los hombres hablan de política.

Tener en mente el costo del jabón y la libra de carne, cómo se le cambia un pañal a un recién nacido y por nada del mundo hacer comentarios sobre sexo, porque eso no lo dicen las señoritas.

El labial y maquillaje tienen que estar intactos y cuidado, que si fallamos y nuestra pareja nos deja es nuestra culpa, por no arreglarnos para ellos…

Pero, momento, ¿entonces estoy descompuesta?

Descompuesta de los pies a la cabeza, pero porque soy fan de hacer chongos con el cabello, no me gusta la cocina, pero sí el sexo.

De vez en cuando, no me maquillo y conozco sobre la situación política de Bolivia, mucho más que algunos hombres. Sin olvidar que uso prendas ajustadas y cortas, pero no para lucirles, sino para lucirme.

Sí eso es estar descompuesta, entonces sí estoy descompuesta.

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Agonía

Resetear, es decir reiniciar, borrar.

Me vi al espejo con duda, como hace mucho no lo hacia. Me vi los ojos, la boca, nariz y pómulos, y me sentí vacía.

Vacía como si esta vez mi voz y alma estuviera regadas por todos lados, buscando encontrarse o encontrarte, ya no había diferencia.

La calma llegaba de visita cada luna llena, pero no se quedaba, sino que se iba con el primer rayo de luz, mientras que la agonía permanecía, era insistente y se había convertido en un huésped más.

Yo ya no tenía agua caliente en las mañanas, me había dejado solo café descafeinado en la despensa y se me comenzaba a terminar la confianza, me estaba dejando sin nada.

Ella era inoportuna, me abrazaba cuando escuchaba su nombre y me apretaba las manos cada séptimo día del mes.

Su permanencia dolía y con cada día, el dolor en cierta forma aumentaba y en otra, disminuía. Eso dependía de mí y no de ella.

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La cura

Tengo un hueco entre la cabeza y el hombro, un espacio entre mis brazos y otros más entre las manos, y confieso que aún te guardo un lugar al lado izquierdo de la cama.

Que aunque el miedo te haya dejado sordo y ciego; y el olvido entre el ayer y el mañana, yo le sigo confiando mi corazón a tus manos y a la distancia tu voz recién despierta.

Me acostumbraste a tantas cosas y enseñaste a no ponerle tanta atención a otras. Fuiste mi cura.

La cura al silencio de mis cuatro paredes, al de la manía de verme las manos y contarme los dedos, a la desesperación de mañana y al frío entre mis piernas en verano.

La cura al dolor, al dolor físico, mental y externo. Al dolor del ruido que mi boca no sabe callar, al de mis pies que se cansan de buscar y al de mis ojos desvalidos por la mentira.

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No sé qué hacer

Prometiste quedarte hasta que nuestros huesos se cansaran de levantarse, hasta que nuestras voces dejaran de intentar hacerse escuchar.

El tiempo pasa lentamente y yo voy detrás de él, aún más despacio. En silencio, con el corazón pegando a gritos que lo consuele y vuelva a tus brazos.

Mis manos no encuentran dirección, porque buscan tu rostro y me reclaman alejarlas de ti está noche. Mis labios se niegan a pronunciar que no te necesito y por el contrario, están aferrados a deletrear que te aman.

Mi cabeza es un relajo, un enredo de ilusiones e intenciones; mi lengua no se sabe controlar y aunque le ordeno repetir que estoy bien sin ti, ella me contradice diciendo que necesito que vuelvas.

Dime, ¿cómo le hago entender a mis sentidos y cuerpo que no estás?, que no estás y que la decisión es tuya, aunque no por palabras sino por acciones…

Me estás faltando y fallando, y no sé qué hacer.

No sé qué hacer con mis piernas que extrañan tu contacto, ni qué hacer con mis ojos que son tercos en buscarte…

Ayúdame, porque en verdad, no sé qué hacer.

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“Le puse nombre y personalidad”

Después de años de vida compartidos, no sentí más que un corazón lleno.

Los primeros días, estaba lleno de dolor, recuerdos y metas frustradas, de las que aseguraste íbamos a cumplir juntos.

Los meses pasaron y aunque todos dijeron que iba a sentir un gran vacío, no pasó y todo ese dolor que me había habitado se convirtió en odio y repudio.

En ese momento desee que la gente tuviera razón y lograra sentirme vacía, porque cargar con dolor y odio al mismo tiempo, no era humano.

El dolor disminuyó y el odio se largó. Me llené de paz interior y de perdón, aunque nadie me lo pidió.

“El tiempo te hará sanar”, rezaban a mi alrededor. Era como un viejo proverbio, que nadie entendía, pero todos repetían.

Y yo todo lo que podía pensar era “cuánta falsedad”. Con el paso, el tiempo me apremió, me dio la razón. Era falso.

Él no me haría sanar, yo sí. Mi corazón nunca estuvo vacío, porque después del dolor, desengaño y odio, llegó la paz.

Ella entró triunfante, fuerte, empoderada. La imaginé con brillos dorados, le puse rostro y personalidad.

El nombre era el mío y ahora ya no era débil, ni tímida con sus sentimientos, sino fuerte, feliz y dispuesta a terminar de llenarse con bienestar, amor y nuevas ilusiones.

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Una copa de vida

Me preguntó, primero a susurros con miedo a recibir un no, si le aceptaba una copa de vino en la vieja librería del barrio.

Acepté, tal como hubiera aceptado un vals en medio de la nada.

Y sin imaginarlo, al terminar de sonar la primera pieza, le invité a una segunda copa, pero no de vino, sino de vida.

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Ya aprendí

No estás, otra vez, y tu ausencia me enseño a:

Llorar en voz alta, porque soy libre de hacerlo.

Cuidar mi corazón, en singular.

Que el amor de verdad duele, cuando nos rompen.

Me enseñó que decir lo que se quiere no es suficiente y que mi 50 por ciento de intención no vale si en realidad yo tengo el cien.

Ahora sé que las promesas también las rompen quienes dicen amarnos y que el silencio nos hace perder, igual que el ruido.

Que la intención sí vale, pero las acciones cuentan el doble.

Ya aprendí que la palabra “amor” no tiene peso si no se suelta de la humillación y desconfianza.

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