Escribología

Una copa de vida

Me preguntó, primero a susurros con miedo a recibir un no, si le aceptaba una copa de vino en la vieja librería del barrio.

Acepté, tal como hubiera aceptado un vals en medio de la nada.

Y sin imaginarlo, al terminar de sonar la primera pieza, le invité a una segunda copa, pero no de vino, sino de vida.

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Ya aprendí

No estás, otra vez, y tu ausencia me enseño a:

Llorar en voz alta, porque soy libre de hacerlo.

Cuidar mi corazón, en singular.

Que el amor de verdad duele, cuando nos rompen.

Me enseñó que decir lo que se quiere no es suficiente y que mi 50 por ciento de intención no vale si en realidad yo tengo el cien.

Ahora sé que las promesas también las rompen quienes dicen amarnos y que el silencio nos hace perder, igual que el ruido.

Que la intención sí vale, pero las acciones cuentan el doble.

Ya aprendí que la palabra “amor” no tiene peso si no se suelta de la humillación y desconfianza.

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Olvidé los tenis

Es como un viaje que sale mal.

Llegué diez minutos tarde y perdí mi vuelo, olvidé empacar los tenis para subir la montaña, a la falda celeste que pensaba usar en la playa le cayó vino y estoy segura que en casa dejé el televisor encendido.

¿Qué si planifiqué salir más temprano? Claro, y también revisé mi maleta decenas de veces para segurarme que llevaba todo; traté de ser cuidadosa al comer para no manchar mi ropa y al salir de casa, estaba segura que todo se había quedado en orden.

Tú habías sido como un mal viaje, en el que también planifique que todo saliera bien, en que estaba segura que invertir tiempo era lo más justo y en el que mi mente me adelantó pedazos de la vida que quería vivir.

Tú saliste muy pronto de mi vida y yo perdí el vuelo de la mía. Tú olvidaste empacar interés en nuestra maleta y yo había puesto de más. Yo olvidé que el orgullo mancha y tú que no solo las cosas materiales dan luz.

El precio del vuelo era costoso y aún así me animé a pagarlo. No podía regresar el tiempo para solucionar todo, pero estaba segura que un nuevo destino me esperaba y tal vez cuando lo tome también olvide los tenis, pero quizá allí no hayan montañas por escalar.

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Las caras del amor

¿Cuántas caras tiene el amor?, ¡Cuántas caras tiene el amor!

La diferencia, como en esa oración, pueden ser insignificativas a simple vista, pero a profundidad, abismales.

¿Cuántas caras tiene el amor?, si la pregunta me la haces a mí, mi respuesta siempre va a ser que una, sí una.

Una porque el amor no puede ser de dos versiones, no puede serlo porque cuando se ama se ama de una manera: bonito.

Si tuviera dos o tres, dejaría de ser amor, porque este no condiciona, solo ama, quiere, abraza y besa el alma.

Entonces digo, ¡Cuantas caras tiene el amor!, en modo de expresión, de asombro, alegría o quizá ironía.

Porque entonces pienso, el amor tiene caras. Tiene las caras de mamá y papá viéndose, de mi perro cuando me ve llegar a casa, de mi novio al verlo escribir, de mis hermanos al comer helado, de mi maestra de inglés al escucharme hablar fluido.

Entonces, ¿el amor cuántas caras tiene?

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Verbo en pasado

Te extrañé, te extrañé despierta, dormida, triste, alegre, sola, acompañada e incluso estando enamorada.

Juro que extrañé la temperatura de tus manos, la profundidad de tu mirada, la altura de tus sueños y el silencio de tu oídos.

Estoy consciente que extrañé la seguridad de tus palabras, la convicción de tus pies, el enredo de tus pensamientos y también la delicadeza de nuestros ayeres.

¿A caso esto puede ser verdad?, ¿puede extrañarse todo eso de una persona?, era lo único que me pasaba por la cabeza a las dos de la madrugada, cuando mis pies solo querían responder a tu voz.

El insomnio me supo guiar, incluso más que la bíblia, y con los ojos cerrados, aunque no dormidos, y los pensamientos más vivos que cuando la luz alumbra, me dijo que sí, que todo pudo ser verdad.

Y era así, porque el verbo había estado en pasado todo ese tiempo. Yo estaba en el pasado contigo y no acá, de donde me merezco, solo conmigo.

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Me rompo, pero no estoy rota

¿Cuántos tipos de rupturas hay? Tal vez dos, tres o quizá más…

Esta aquella en la que interfieren las parejas, las relaciones de noviazgo y hasta matrimonio, también en la que se involucran los amigos, cuando por alguna razón el lazo de confianza se rompe y por otra parte aquel amor no correspondido, el que lo hace sentir a uno que está roto.

Y me atrevo a pensar que hay más: las familiares, las de cariño ajeno, cercano y propio, el rompimiento sentimental y el material, y si continúo la lista es eterna.

Pienso en los sentimientos, cuando se es solo el espectador, y recuerdo haber creído que el rompimiento es solo un dolor sentimental, no físico, para nada, porque, ¿eso cómo podría ser?

Pero cuando soy la protagonista sé que no es así. Que el dolor es mucho más fuerte que quitarse la apéndice. El corazón no, no puede quitarse ni se puede acariciar para aliviar el malestar. Es más, ni siquiera hay cicatriz.

¿Hay algo mal conmigo?, ¿debo cambiar para no pasar por este dolor incomprensible?, ¿o tal vez evitar involucrarme con quien o lo que sea para ahorrármelo?

¡Qué cuestionamiento! el que me lee y no ha pasado por esto me tachará de exagerada, pero quienes conocen de cerca del dolor no pueden negar que esto se les ha cruzadp por la cabeza.

Yo nunca he sido muy enamoradiza y por el contrario el caparazón me había funcionado muy bien… pero hay tiempos, tiempos para quitarlo y volverse vulnerable, eso es el amor: vulnerabilidad.

Pero ser vulnerable no solo significa dejarse lastimar o dejarse doler, ser vulnerable también es dejarse llevar y si eso pasa con quien es correcto, no hay temerle a la palabra.

Las rupturas pasan todo el tiempo; yo me rompo cuando mi cuerpo no esta sano, cuando en mi trabajo las cosas no están bien y hasta cuando el bus me deja porque salí tarde.

Me rompo cuando no soy correspondida, cuando mi mejor amiga no nota que estoy lejos porque necesito que ella se interese, cuando no hay confidente en casa y cuando sin querer, a quien quiero me hiere.

Pero no estoy rota, estoy completa… Los trozos no se van, solo se caen y abrir bien los ojos es necesario para encontrarlos y hacer que vuelven a encajar. Me rompo, pero no estoy rota.

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A ustedes, los libros

Creo que me robo su tiempo
que me lo llevo para ponerlo en exposición
que me como cada uno de sus segundos
y con ellos alimento almas.

Que me gusta desnudarlos letra por letra
y dejar al descubierto el honesto sentido
que ocultan en cada verso.

Y admito que me hacen sentir;
sentir paz, calma y santidad
pero también dolencias, tormentos y culpa.

A ustedes, los libros
los mismos que acobija las mañanas de noviembre
y me deja explotarlos los martes de abril.

Feliz día del libro.

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